Viaje al sol menor

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Termodislexia: escuchar cuando el sonido deja de obedecer

Hay obras que se pueden explicar, y hay otras que obligan a cambiar la manera de escuchar. Termodislexia nace precisamente de esa necesidad. No me interesaba hacer una pieza musical en el sentido habitual —melodía, armonía, pulso reconocible—, sino construir un dispositivo perceptivo. Más que ser comprendida, quería poner a prueba cómo el oído humano intenta comprender.

El propio término contiene mi intención. “Termo” alude a la energía, a la entropía, a los procesos físicos irreversibles; dislexia a la dificultad de lectura. La idea es sencilla: no es el sonido el que falla, es la escucha la que se vuelve inestable. Para mí, escuchar es también leer. El cerebro, ante cualquier masa sonora, trata de reconocer patrones: un ritmo, una voz, una secuencia mecánica. En Termodislexia dejo que esos intentos aparezcan… y luego se desmoronen. Cada vez que parece haber orden, el material se degrada, se recalienta, se corta o se distorsiona. El oído intenta organizar; el sonido se resiste.

Por eso la pieza se acerca más a la física que a la música. Trabajo con materiales que recuerdan a máquinas fatigadas, interferencias eléctricas, cintas magnéticas desgastadas o ruido térmico electrónico. No busco sonidos que representen algo; busco sonidos que *ocurran*. No describo un mecanismo: dejo que la obra funcione como un mecanismo. Hay saturaciones, retroalimentaciones, bucles microscópicos, granulación y fallos que me interesa conservar, casi como si fueran comportamientos naturales. Me interesa que la escucha se vuelva táctil, que el sonido parezca tener temperatura, fricción y desgaste.

La experimentación sonora aquí no persigue la rareza ni la belleza tradicional, sino la percepción. Intento llevar al oyente a un punto en el que el sonido deje de ser cultural —no sea canción ni estilo— y pase a ser materia. Para mí la pieza es un laboratorio auditivo: no presento un resultado cerrado, sino un proceso en marcha. No compongo tanto como intervengo en sistemas, provoco accidentes y permito que el material conserve parte de su autonomía. La creatividad aparece en ese punto intermedio entre mi intención y el comportamiento propio del sonido.

Esa autonomía genera la tensión constante de la obra. No es una tensión narrativa, porque no hay historia ni clímax, sino cognitiva. El oyente busca estabilidad y no la encuentra; intenta seguir un ritmo que se rompe; cree reconocer una voz que se deforma; aparece silencio y vuelve el ruido. El cerebro persigue significado mientras la pieza lo aplaza continuamente. Esa incomodidad es importante, porque revela algo fundamental: escuchar es una forma de organizar el mundo.

Termodislexia intenta suspender momentáneamente ese control. Me interesa situar al oyente frente a una experiencia más cercana a la realidad física, continua e irreversible, donde la información se degrada como la energía. La entropía no es una metáfora en la obra: es un comportamiento audible.

No busco gustar ni provocar rechazo; busco desorientar. Quiero que quien escuche abandone las categorías musicales previas y oiga casi desde cero, como si el oído tuviera que reaprender su función. La dislexia aquí no es incapacidad, sino apertura: aceptar que no todo puede leerse de forma estable, que no toda señal puede traducirse inmediatamente en significado.

Al final, lo que propongo no es tanto una pieza musical como una experiencia. Quizá la música, antes de ser lenguaje, fue materia vibrando en el espacio. Termodislexia intenta acercarse a ese lugar primitivo en el que escuchar todavía no significaba comprender, sino simplemente estar.